- ¿Me quieres?
- Si.... mucho
- Dime que fuí la primera
-....Si
- Pero dime que no hubo nunca otra como yo
- ...
- Anda, dime que no habrá otra mujer
-...
- Dime por favor que siempre seré yo
-...
- Dime
Moraleja: Si no quieres que se afecte tu salud, hay conversaciones que nunca debes iniciar
Las mamás siempre andan diciendo lo que debemos y no debemos hacer, a veces esto pareciera en un principio un fastidio para cualquier mujer adolescente, una limitante para sentirnos creativas y andar haciendo por ahí lo que más nos complacería hacer. Lo cierto es que con el pasar del tiempo nos vamos dando cuenta no solo de que no sabríamos qué hacer sin ellas y sus consejos, sino que además su forma de hacer las cosas la hemos ido adoptando pacientemente y demostrándola en cualquier faceta de nuestra vida adulta, sobre todo cuando somos madres y nos encontramos con el hecho de que son nuestro mejor referente para poder ejercer ese papel tan difícil y para el que todavía no abren escuelas.
Mi mamá es así, le encanta como a toda mamá darme consejos; muchos los sigo, otros solo los asumo sin saberlo y se perfectamente que soy la mujer más parecida a ella en toda la faz de la tierra. Ella me dió una regla de oro: intentar todo lo que me da miedo, no dejarme vencer nunca y tratar de que nadie note si algo me daba pena. Creo que eso me ha ayudado mucho hasta la fecha, de alguna forma he llegado hasta donde estoy por ella y creo que el resultado ha sido bueno.
Hoy ella cumple años, casualmente en la misma fecha en que nació una de las mejores poetas. Es por eso que recuerdo a mi mamita con este lindo poema:
Economía doméstica
He aquí la regla de oro, el secreto del orden:
Tener un sitio para cada cosa
y tener
cada cosa en su sitio. Así arreglé mi casa.
Impecable anaquel el de los libros:
Un apartado para las novelas,
otro para el ensayo
y la poesía en todo lo demás.
Si abres una alacena huele a espliego
y no confundirás los manteles de lino
con los que se usan cotidianamente.
Y hay también la vajilla de la gran ocasión
y la otra que se usa, se rompe, se repone
y nunca está completa.
La ropa en su cajón correspondiente.
Y los muebles guardando las distancias
y la composición que los hace armoniosos.
Naturalmente que la superficie
(de lo que sea) está pulida y limpia.
Y es también natural
Que el polvo no se esconda en los rincones.
Pero hay algunas cosas
que provisionalmente coloqué aquí y allá
o que eché en el lugar de los trebejos.
Algunas cosas. Por ejemplo, un llanto
que no se lloró nunca;
una nostalgia de que me distraje,
un dolor, un dolor del que se borró el nombre,
un juramento no cumplido, un ansia.
Que se desvaneció como el perfume
de un frasco mal cerrado
y retazos de tiempo perdido en cualquier parte.
Esto me desazona. Siempre digo: mañana…
y luego olvido. Y muestro a las visitas,
orgullosa, una sala en la que resplandece
la regla de oro que me dio mi madre.
Rosario Castellanos
El tiempo siempre nos traiciona. Ese tic-tac permanente que recuerda nuestra marcha de manera constante sin cedernos pausas ni un poquito de piedad, ese que nos dice con abierto cinismo que nunca son las mismas flores las que vemos nacer en nuestros jardines, ese que recorre caminos sin pasaje de vuelta, ese viejo duende que vino hoy para hacerle cosquillas al presente, a picarlo con sus filosas agujas que avanzan ininterrumpidamente siempre a la derecha y que solo hoy, traviesamente, se dispuso a girarlas hacia atrás.
Hoy me hizo sentar frente al mismo aparato de hace muchos años y me hizo sentir lo mismo que en esas noche sentía. Por eso hoy, sorpresivamente me sentí menos lejos, hoy caminé hacia atrás en distancia y en tiempo y disfruté un ambiente conocido aún cuando no lo veía, aunque no fuera de noche, aunque no fuera aquella casa, ni aquel país, ni aquellas poesías. Hoy recordé tantos sueños compartidos no por ser los mismos sino por conocer el sendero donde fueron construidos. Hoy imaginé a un par de muchachos en la RV intentando decir lo que usualmente no se podía. Hoy me supe escuchando. Hoy me supe nuevamente orgullosa y amiga.
Hoy supe que el tiempo no regresa nada, pero de vez en cuando, quizá cuando uno menos lo espera, nos regala poesía:
Murió el mismo año en que yo nacíapero la conocí hace poco, por obra de la casualidad, de esa casualidad que me encanta cuando se me aparece y que no tiene nada que ver con el destino, solo con la magia de ser casualidad. Fue en una feria del libro cuando me acerqué a un stand yabrí su libro “Poesía no eres tú” y me encontré con ella, así sin más, con el alma escrita en versos sostenidos en ese momento por mis manos, con un poema que me mostró una parte de ella y también mía, muy interna, tal cual como lo haría un espejo si lo tuviera enfrente. Desde entonces fue fácil seguirla y hacer míos sus poemas. Rosario tiene en su escritura una abundante capacidad para mostrar su interior de una forma inteligente, elegante, de forma extremadamente femenina, no por eso menos sincera pero si dolorosa, irónica y bella. Para Rosario no fue fácil, enfrentó un mundo culturalmente diseñado por los hombres, estudió en una época en que lo más sencillo era buscarse un marido y criar al producto de su destino, a la razón de su saber ser mujer.Pero Rosario era con todo y muy bien plantada, una mujer, una “feminista” como se declaraba ella, en una época donde “feminismo” era conciencia del ser mujer y no la denigración del ser femenino para competir e intentar ser más que el hombre. Rosario se descubrió mujer y como tal, amó con locura pero se descubrió vulnerable.
Nunca he creído en la reencarnación, pero lo cierto es que entre más conozco de ella más quisiera creer y saberla reencarnada en mi de alguna forma. No es así por supuesto, pero me identifico con Rosario y es que no es para menos, ambas nacimos en la misma ciudad pero vivimos muy lejos de esa urbe, crecimos al sur, en lugares verdes y perfumados, en tierras abundantes y ricas de elementos naturales y gente humilde, tierras parecidas y Mayas, aunque sean tierras de países diferentes. Ambas salimos a estudiar y nos trazamos un camino más allá de lo que estaba escrito. Ambas nos supimos mujeres y rescatamos, cada quien a su manera y sus recursos, la dignidad de serlo.
Aquí les dejo un primer poema de Rosario. Seguramente compartiré otros más adelante:
Nocturno Amigo, conversemos. desde hace ¿cuántos años?, desde el día en que a un tiempo rompimos la tiniebla y con vagido entramos en el reino del aire; desde que los mayores nos pusieron la sal sobre la lengua y nos soplaron al oído un nombre (no de amor, de destino), un nombre que repites todavía y que repito yo y repetiremos hasta el fin, hasta el fin, sin entenderlo hemos estado juntos.
Espalda con espalda. El uno viendo nacer el sol y el otro posando su mejilla en el regazo materno de la noche.
Atados mano contra mano y vueltos – forcejeando por irnos – uno hacia el sur, hacia el fragante verde y el otro a la hosquedad de los desiertos; desgarrados; sangrando yo con la herida tuya y tú quizá doliéndote de no tener ni siquiera una pequeña brizna e dolor que no sea también mía, hemos sido gemelos y enemigos.
Nos partimos el mundo. Para ti ese fragmento oscuro del espejo en que sólo se ve la cara de la muerte; los hierros, las espinas del sacrificio, el vaso ritual y el cascabel violento de la danza.
Alada era una pequeña flor de maquilishuat que movía con gracia sus pétalos cada vez que pasaba el aire, por eso creía que tarde o temprano podría volar.
Era de esas flores raras, incómodas con aquello a lo que se le llama destino. Era amante del sol y de la música producida por las hojas de los árboles en su vaivén. Era intensa y temerosa como cualquier flor, pero soñadora con alcanzar la luna, quería cosas nuevas, mundos posibles para ser conquistados. Se sentía atrapada en su jardín. Aún cuando sabía lo que quería, no sabía cómo encontrarlo en ese pequeño espacio al que a pesar de todo ella tanto amaba. Así, un buen día de abril, se sintió tentada por las noticias que traía el viento y se dijo “me iré de aquí” y sin pensarlo más, comenzó a despedirse.
Primero fuecon sus amigas las demás flores, sorpresivamente a como ella lo esperaba, ninguna le dijo “quédate”, solo decían “que seas feliz” y disfrutaron y rieron juntas mientras pudieron. Luego le dijo adiós a los pájaros y todos bailaron con ella al ritmo que les marcaba el viento y disfrutaron de colores y mieles antes de verla partir. Al final los pájaros le dijeron: “ojalá logres todos tus sueños”. Ellos también volaron lejos, como lo hacen siempre todos los pájaros. Llegó el momento de despedirse de la tierra quien estaba triste porque no sabía con qué nutrientes ni con qué raíces sostener más tiempo a la flor… ella la vio crecer y soltarse los pétalos, silbar con el viento, acariciar las nubes… Ella la quería libre pero no sabía cómo,pues no quería verla caer ni dejarla partir. Por fin se armó de valor y le dijo: “Estas lista, cuando quieras puedes irte y cuando quieras puedes volver”.
Ya estaba todo, solo faltaba el favor del viento para partir… pero no, faltaba también un adiós, el del joven arbusto, el pequeño cafeto contiguo a la flor. Era difícil saber cómo hacerlo, ella siempre hablaba mucho, él en cambio decía muy poco. Cuidaba sus frutos y sus hojas y sus tallos de cualquier extraño en el ambiente, era un arbusto sensible pero poco expresivo con la flor. Pero ellos habían pasado muchas tormentas juntos y se habían visto crecer y habían compartido la misma sombra, el mismo sol… ¿Cómo hacer para decir adiós?
De repente, por un juego travieso del viento, se cortó del árbol la pequeña flor y cayó de picada sobre el arbusto. Fue entonces que la flor se quedó callada, temblaba ante la nueva sensación de estar realmente suelta, a merced del viento, acogida solamente por el cafeto. El viento al verla caer también se detuvo, el silencio era completo. Inesperadamente, sobre el sépalo de la flor cayó una pequeña lluvia como rocío. Entonces ella lo supo, la lluvia venía del cafeto, se despedía sin detenerla y le regalaba en la lluvia un “siempre” y un “algo más”.
La flor dejó de temblar,se sentía tan fuerte y protegida como la flor del cafeto, supo entonces que era libre, que realmente había llegado la hora de volar,que bajo esa lluvia dejó de ser la pequeña flor para convertirse en una flor más fuerte, más libre, más amiga del viento… se convirtió en una flor alada para siempre.
La poesía es acción, es lenguaje, movimiento que viene del cuerpo y lo trasciende más allá de las palabras. Para el escritor, la poesía forma parte de una necesidad vital, la exteriorización consciente o inconsciente de sus más profundas emociones. La poesía es involuntaria, no se amarra a las normas sociales aunque pueda servirse de ellas para dar paso a la creación sublime, a la expresión de un mundo que de otra forma no sería tolerable ni entendido por los otros. Pero para el que escribe, no importa lo que entendieron esos otros, la poesía no pretende suavizarles nada, no pretende callar nada sino decir, no pretende ocultar sino morirse en el saberlo todo y el desnudarlo todo. Aún así, la poesía toca el cuerpo, desentraña no solo al que escribe sino al que se asoma a ella y se conecta con ese algo que es doloroso, que es vida y da vida y que también producemuerte porque solo al que le duele la poesía, sabe lo que es vivir y lo que es desear la muerte para seguir viviendo.
La poesía es un puente, deja ir hacia aquello que no pudo ser y transformarlo, posibilita presentes alternos al modificar futuros. Es promesa inconclusa de un mundo que no es pero que se conoce y que viene de adentro, del dolor más antiguo, del amor más imposible, de la unióninexperta pero deseante. La poesía es metáfora de todo lo posible.
La poesía duele, ríe, llora, ama, grita, asfixia, rememora, construye y reconstruye, algunas veces también apacigua, permite no ahogarse en la palabra. El poeta no busca nada en su poesía, se comunica solo con ella y lo hace desde adentro, la ofrece para sí porque es lo único que le queda. La poesía existe y es impertinente, se planta frente a uno el día que sea, se le recrea al leerla, al sentirla, al revivirla como experiencia nueva. La poesía no pide permiso pues se aparece así, sin más, en cualquier instante, incluso en un día que debería serle ajeno, en un jueves santo como este, en el que esta poesía, no tendría razón para existir:
Ahora, amiga mía que una flor de papel preside el aire, que el aire se deshace en dulces pétalos de jadeante miel en tus rodillas, ahora que no hablamos del otoño ya nunca más para no tropezar con tu mirada, ahora que te adentras por la vida, ligera, según dices, desposeída al fin de prejuicios, ideas recibidas, tiempo estéril, incomprensibles normas y principios, ay -ahora que la virginidad navega todavía como un barco vacío por oscuros telares, por intactos desvanes y sueños sin sentido, qué hacer en medio de la tarde, cómo entregarse sin terror de pronto y cómo confesar que detrás de tu lecho odiosa la inocencia, inservibles los claros pensamientos, traicionan palabras aprendidas en revistas de moda, tópicos de vanguardia, digo, tópicos que tan libre te hacen, aunque no de ti misma, aunque no de tu vientre inopinado donde súbito baja, feroz y sofocante, el duro golpe del corazón.
Qué tierna insensatez la de estar solos, la del estremecimiento vergonzoso ante la voz del hombre Y el no estar a la altura de las propias palabras con esfuerzo aprendidas, pues ahora bien sencillo sería el acto del amor sin aquel eco soez de sumergidas tradiciones no expurgadas a tiempo, ahora que la misma indiferencia de las frases audaces y ante oídas del loro varonil tan propicia parece, si la conversación no fuera ya pretexto, argumento de un miedo mal oculto a no saber qué hacer en este trance.
Demasiado tarde vuelves a recaer en frases y agudezas, mientras escondes el temblor que sube, absurdamente provinciano y burdo, de niña de agua dulce, desusada y antigua, hasta tus labios, mientras repites al pic-up la misma canción francesa que nos gusta tanto, que nos hace sentir más al corriente, casi no necios ni burgueses tristes.
Qué fácil fuera ahora desnudarse, dejar caer el velo simplemente sin el terror oscuro que te ata a los núbiles senos, qué fácil fuera acaso si no fuera por la flor jadeante de papel amarillo que preside la tarde, por el desasosiego súbito que oprime hasta el dolor tu tímida cintura por la imposible confesión aciaga de tu añeja inocencia, por el urbano gesto de loro aclimatado a otras regiones con que el varón disfraza su animal procedencia, por los pasos de alguien que se acerca, por el timbre que suena como un ángel guardián ( te ruboriza sin poder evitarlo el pensamiento ) y la ocasión disuelve, mientras tú más segura recuperas ingenio y frases hechas, piensas que, al fin y al cabo, volverá a repetirse, prefabricada como es, y entonces no dudarás en entregarte, entonces- es decir, sin que llegue el deseo a pasión ni la pasión a amor ni el hálito terrible del amor al abrasado borde de tu cuerpo.
El
día que noté que la piel de Isabel cambiaba de tono, intuí que
algo andaba mal. No era tan difícil verlo, esos excesivos bronceados bajo el
sol después de consumir en pocos días más de 30 litros de jugo de zanahoria, la
convertían en un ser naranja. Luego siguieron los baños en vinagre, los pepinos
en los ojos y el extraño aroma en la piel de una mezcla de manzana, menta
y perejil. Todo eso sin contar que la pobre deambulaba por la casa con
mascarillas de plátano, un penetrante aliento a rábano y su inconfundible
mirada de aceituna.
Todo
comenzó cuando se fue Rodolfo. Ese hombre de cabello negros cubriéndole los hombros, la había abandonado sin aparente explicación. Isabel, en su angustia y deseo de retener a su hombre, concluyó que sus carnes
aun siendo voluptuosas no podrían satisfacer a un vegetariano. Entonces
apareció la rigurosa dieta: jugo de verduras, arroz integral, galletas de
avena, lo mínimo de agua y alimentos clasificados en Ying y Yang, convirtiendo
a la macrobiótica en su nueva forma de vida. Llegó a tal grado, que su
cuerpo naranja se parecía al de un mango petacón que olvidado bajo el sol
perdió su forma y su jugo hasta el punto de adherirse la piel en el hueso.
Hubo momentos alarmantes para cualquiera que se jacte de creerse normal, como cuando calentó agua en la tina y se metió
en ella después de cortar trocitos de verduras y colocar variedad de aceites
para suavizar su resquebrajada piel. Por eso, la última vez que
vi esto me asusté tanto que aproveché que mi amiga aún no salía de bañarse para
llamar a Rodolfo y pedirle que se presentara lo más pronto posible. Él por
supuesto, se negó al principio, sin embargo, conociendo las extravagancias de
su ex y los límites a los que podía llegar, aceptó de mala
gana.
Llegó
media hora más tarde, antes de irme alcancé
a ver cómo su rostro se transfiguraba por el impacto: frente a él
aparecía la más grande ensalada que jamás hubiese podido soñar, entre trocitos
de verduras, Isabel, con su nueva figura era el manjar principal. Prontamente
se quitó la ropa, se hundió en la tina y se embriagó de vinagreta. La amó
intensamente, como jamás lo había hecho. La amó porque en ese momento el
cuerpo de Isabel maridaba espléndidamente con las verduras, logrando para él la
ensalada perfecta.