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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Me quedo

Me quedo con su mirada
tan triste dicen
como la de los bueyes
con su risa burlona
que embriaga los sentidos
y endulza la garganta
me quedo con su voz
alegría rompevientos
con  su silencio
promesa de aguacero
que llega con la noche
me quedo con la impronunciable caricia
tan cruel como el último beso
y tan honesta para dejarme ir
pero me quedo como el sediento
que encuentra vida
en una sola gota
y que al beberla la imagina
no sólo hermosa
                              si no poema

lunes, 11 de julio de 2016

El secreto de las flores

Margarita sabe cuidar muy bien sus tristezas y nostalgias. 

     Las tristezas son unas flores pequeñas, lisas, con olor a tierra mojada. Son moradas, tropicales, acompañadas por grandes hojas verdes. Jamás se encuentran solas en los jardines. Quizá podrán verlas un poco dispersas a la orilla de la carretera, entre los rieles del tren  o en el desierto, pero las tristezas son flores comunales que casi siempre caen y florecen donde hay otras: en los cementerios, en las laderas de los ríos, en los jardines de las viejas casas, en los lugares donde no tiene cabida el olvido.  Las tristezas florecen donde suele haber otras, esas otras tristezas que uno ha ido dejando plantadas por ahí.

Las nostalgias, en cambio, son flores que se distinguen por su fragancia. Suelen cambiar de perfume dependiendo del momento del día en que se percibe: en la mañanita huelen como la colcha de la abuela que ya no habita la casa desde hace varios años, pueden adquirir el aroma de café recién tostado o el de pan cociéndose en el horno. A medio día suelen absorber el olor de los pucheros que hierven a fuego lento en las cocinas, pueden asumir el olor de las frutas aunque no se encuentren cerca,  incluso, cuando las nostalgias se sienten en peligro despiden un olor a cebolla que hace llorar a las amas de casa, tanto a jóvenes como maduras que han pretendido cortarlas para poner en floreros ese olor masculino parecido al vetiver. Pobrecitas mujeres cuando lloran, le echan la culpa a la cebolla sin haber cortado ninguna, más bien lloran por el recuerdo de aquel amor que se les fue. Así son ellas, las nostalgias, flores volubles, traicioneras, que atrapan su presa con su diversidad de olores; las personas que están cerca alucinan, no pueden evitar el enredo de recuerdos hasta hacerlas llorar y reír.

Margarita, cuida los jardines del convento  a las orillas del pueblo. Ella posee habilidad especial para cuidar cada una de sus flores.  Sabe, por ejemplo, identificar las tristezas que siempre huelen a tierra mojada, las cuida y siente que es justamente por ese olor que se parecen a ella. Le han dicho que el aroma de su piel es peculiar, húmedo y  terroso como el de las tristezas y cree que sus ojos deben tener el mismo color violeta, pues piensa que no es casual cuando la gente le pregunta “Margarita ¿por qué tienes siempre los ojos llenitos de tristeza?”. Margarita nunca sabe qué contestar, sonríe débilmente y sigue cuidando de sus flores que todo el mundo le dice que son hermosas.

La belleza de las tristezas de Margarita se debe a que las riega con lágrimas  de asno.  Todos los días, muy temprano, llega al convento un muchacho para entregar la leche bronca con la que las monjas hacen el rompope. Él siempre deja a un lado del portón que da al jardín, un frasco pequeño lleno de un líquido espeso, casi lechoso; son las lágrimas de los asnos, que él recolecta diariamente para Margarita. Como todos sabemos, los asnos son animales tristes que sueltan lágrimas a toda hora, por eso son lágrimas,  precisamente, lo que les permite a las tristezas florecer.

Margarita riega sus tristezas con cuidado para no ahogarlas, procura no mezclarlas con las lágrimas que salen de sus ojos, ella sabe que son muchas y no quiere que por demasiado riego, las tristezas invadan su jardín. También cuida de las nostalgias, las pone en macetas para disfrutar su olor favorito del día en pequeñas dosis, pues  tampoco quiere que arrasen con los espacios destinados para otras flores. Lo curiosol es que cuando Margarita se acerca a las nostalgias, sueña siempre con sembrar margaritas, esas flores fantásticas que le han platicado tantas veces, con un color amarillo intenso, alegres, optimistas y con olor  propio, es decir, las margaritas sólo pueden oler a margaritas, nadie podría confundir su olor con el de otra flor. Pero todas las margaritas que ella siembra, se mueren porque no les da el sol. El problema es que no las quiere cerca de las rosas, esas flores vanidosas que le clavan espinas y se ríen de ella por no saber cómo cortarlas sin lastimarse y así poder llenar con sus colores el salón. Es una contrariedad para Margarita, ser ciega y llamarse como una flor alegre, desenfadada del destino que prometen sus pétalos al azar. Por eso Margarita, sabe cuidar sus tristezas y procura sus nostalgias, porque en esas flores asume su destino: tener nombre de flor y nunca poder ser una flor.

Alicia Salum

lunes, 10 de noviembre de 2014

La niña de las galletas

- Traigo galletas y dulces - Me dijo con voz suave, firme, mirándome a los ojos, la estudiante menudita, universitaria,  que pasa por mi oficina vendiendo cosas.

- Gracias - le dije- dame estas galletas surtidas.

Ella se me queda viendo, deja su vendimia en su escritorio y me dice viéndome a los ojos:

-¿A usted le han roto el corazón?

Mi corazón dio un vuelco, me vi en sus ojos, me vi a los 15 y a los 17, me vi a los 21 y a  los 23. Me vi cuando cuidaba niños para pagar mis estudios, mis libros, mis gustos al menos. Me vi de estudiante, viajando lejos, me vi en un portón, en el jardín de un parque, en las calles de algún centro citadino, hablando por teléfono. Me vi.

- Si, muchas veces.-  le contesté.
Y volví a verme. Viéndola, sin quererme mirar a los ojo yo misma, pero me vi. Me vi otra vez.

- ¿Usted es casada?- me dijo

- Si, mira, mis hijas están en esas fotos - Le contesté

- ¡Ah! Ese debe ser su esposo ¿se llevan bien, es un buen hombre? - le dije -si

- Es que a mi me acaban de romper el corazón. Que dice que estoy chiquita, que él quiere algo en serio, que yo no estoy lista. Tiene siete años más que yo.

- ¿Y tu qué quieres?-  le pregunté

- Estudiar, ahorrar para ir al congreso internacional. Ahorrar para irme.- me dice llorando.

- Vale la pena. - Le dije - Yo lo hice también. Viajé y llegué aquí
- ¿Usted de dónde es?
- De El Salvador.

Nos quedamos calladas, viéndonos. No una a la otra, sino viéndonos a nosotras, cada una, muy adentro.

- Gracias. Ya me voy. Vengo luego.  Usted siempre tiene mucho trabajo. Luego paso a visitarla.

- Gracias.- le dije. - Hasta luego.

Lloré.