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miércoles, 21 de enero de 2015
Destino
El destino no existe. Lo que existe o no, lo construimos y destruimos nosotros mismos, Ayudan un poco el tiempo, las circunstancias, la vulnerabilidad en que nos encontremos y las ansias locas por comprobarnos ese no sé qué, que se traduce en desafío ante aquello que tememos o que no sabemos asumir de otra manera.
El destino no existe. Somos nosotros. Un mundo interno o externo muy distinto a lo que queríamos. El destino, aquellos que llamamos futuro, el presente que se convierte en destino, van de la mano con uno. Cada quien sabe si su destino-presente-futuro lo hizo o no maravilloso y si el recorrido y el aprender a vivir ha valido la pena.
El destino no existe, solo existe construir o destruir aquello que amamos con el único instrumento posible: nosotros.
Destino
Rosario Castellanos
Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.
El hombre es anima de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.
Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.
El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo del tigre.
El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado)
igual a su enemigo.
Damos la vida sólo a lo que odiamos
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Alada,
El lado obscuro de poesía,
Rosario Castellanos,
Tierra de fuego
lunes, 24 de septiembre de 2012
Las palabras de Tlatelolco
Cuando decidí abrir este espacio fue con la única intención de reflejar la luz que acompaña a la palabra, fue con el firme propósito de no callar aquello que me conmueve. Pero hoy no, hoy la palabra no ha sido suficiente y no supera algunos abismos para los que ha sido creada.
Hoy, en la plaza de las tres culturas no me fue posible asimilar todas las palabras. La literatura que ha rondado aquel espacio se me ha quedado corta, la imagen previa y construida para ella se diluye como un sueño, lentamente, sin remedio y sin retorno al despertar.
Fue suficiente que estuviera ahí, parada ahí, respirando ahí, mojándome ahí, para que toda la historia de tantos siglos me cayera limpia, silenciosa y doliéndome tanto.
Hoy no quiero decir más, solo mostrar lo que vi, mostrar en carne viva las palabras ocultas en todo ese silencio, en su historia cíclica y poco caprichosa, en su historia egocéntrica, dolocéntrica, en su llanto, en el llanto de tantos, de tantos que han pasado por ahí.
Memorial de Tlatelolco
La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
Para que nadie viera la mano que empuñaba
El arma, sino sólo su efecto de relámpago.
¿Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.
La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en el radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)
No busques lo que no hay: huellas, cadáveres
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa,
a la Devoradora de Excrementos.
No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangre con sangre
y si la llamo mía traiciono a todos.
Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordamos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.
(Rosario Castellanos)
Hoy, en la plaza de las tres culturas no me fue posible asimilar todas las palabras. La literatura que ha rondado aquel espacio se me ha quedado corta, la imagen previa y construida para ella se diluye como un sueño, lentamente, sin remedio y sin retorno al despertar.
Fue suficiente que estuviera ahí, parada ahí, respirando ahí, mojándome ahí, para que toda la historia de tantos siglos me cayera limpia, silenciosa y doliéndome tanto.
Hoy no quiero decir más, solo mostrar lo que vi, mostrar en carne viva las palabras ocultas en todo ese silencio, en su historia cíclica y poco caprichosa, en su historia egocéntrica, dolocéntrica, en su llanto, en el llanto de tantos, de tantos que han pasado por ahí.
Memorial de Tlatelolco
La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
Para que nadie viera la mano que empuñaba
El arma, sino sólo su efecto de relámpago.
¿Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.
La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en el radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)
No busques lo que no hay: huellas, cadáveres
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa,
a la Devoradora de Excrementos.
No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangre con sangre
y si la llamo mía traiciono a todos.
Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordamos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.
(Rosario Castellanos)
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Rosario Castellanos
viernes, 23 de marzo de 2012
El rincón de las mariposas o collage para un amigo
Las mejores cosas de la vida llegan sin anunciarse. Un día, de repente, nos damos cuenta que estamos vivos de a deveras, que no se existe por existir ni solo porque un músculo involuntario se nos contrae sino porque hay una conexión con la vida y nos regala sentido para la existencia. Así, un buen día puede aparecerse ante nosotros un muchacho que fecunda mariposas, que enseña que la noche es un gran colador de estrellas, que nos dice en su mirada que es tan grande e infinito el mundo como lo que puede escribirse en una hoja de papel.
Las mejores cosas de la vida llegan sin anunciarse, se acostumbra uno sin embargo a vivir con ellas. Las acariciamos con el paso del tiempo y son las únicas cosas que no se vuelven viejas.
Las mejores cosas de la vida llegan siempre cuando uno menos las espera.
Collage para los amigos que se fecundan mariposas o quizá peces o quizá estrellas según sea la hora:
... Que complicados somos. Lo único cierto cada día de este nuestro nosotros, es que quiero un buen día de estos acompañarlo a una librería, a esas con libros de segunda mano, con mil tesoros escondidos, inimaginables. Sorprendernos con lecturas nuevas o algunas viejas que compartirle al otro. Caminar y caminar sin rumbo fijo, sin percatarnos de la hora, platicando cualquier cosa que nos permita seguir caminando y riendo. Conocer su último escrito, de su puño y letra, de esa letra suya y puntiaguda que ilumina mi entorno cuando llega. Tomarnos un café en su casa y escuchar la música que quiera enseñarme, conocer un nuevo Silvio u otro Benedetti, recordar a Beethoven y dejar mis manos lejos del café. Acompañarnos un día al mar y llevar únicamente unos sándwiches de atún aunque el agua ni siquiera pueda tocarnos cuando el viento sople. Querido amigo, lo único que importa hoy, es que quisiera de nuevo detener el tiempo en una noche. Tal vez esta vez sea con menos lágrimas pero con el mismo abrazo de aquel entonces. Y por favor, justo antes de volver a poner distancia, vuelva a tocar mi cara con sus manos para quitar la basurita que siempre, no sé cómo le hace, pero siempre me encuentra y si no es mucho pedir, permítame besar sus párpados.
De la vida envidiable de Feliciano Argueta
Mario Payeras
Ya ves que aquella despedida de México,
provisional como todos los plazos del corazón,
no pudo sobrevivir a su propia promesa.
Y hoy que es marzo,
compañero,
y que ya no te encuentras bajo este viejo cielo
donde los pájaros son desmemoriados,
me llena la certeza de que mientras no nos vimos
averiguaste más sobre la semejanza que en los dias de la escuela
llegamos a vislumbrar entre la realidad y las marquetas tempranas
que dejaba en las esquinas el carruaje del hielo.
Así supe que en los años de la guerra
te asediaron a menudo las papalotas de la infancia
que a ti también te desvelaron las estrellas
en las noches de la sierra
(esa desordenada fiesta de bengalas
de difícil sentido),
y que entre tantos paisajes como viste
había dos o tres que para ti llegarían a ser insustituibles.
Supe que después de todo
te sorprendió que el amor fuera eso tan disperso,
que puede a veces consistir en el rito desolado
de recoger para alguien que ni siquiera conocemos
las caracolas de Guanabo
en las interferencias de una marimba lejana
en la noche de Bruselas
o en la muchacha de la blusa azul
que un domingo de Berlín nos reveló con sus modales
los infinito riesgos del olvido.
Hoy sé que así tratabas de explicarme
que el mundo es demasiado grande para nuestra nostalgia.
Y esa desamparada aventura terrestre íbamos a contárnosla
aunque fuera después de aquellos largos almanaques de ausencia,
como tú mismo decías.
Yo te esperé muchas veces en un café de Praga
mientras tú quizás andabas,
en horarios distintos,
por el remoto cielo de Valparaíso,
pensando que en efecto la realidad es translúcida
pero que es atravesable en un solo sentido
porque no tiene caminos de regreso.
Y qué bueno hubiera sido encontrarnos algún día
para entregarnos cuentas de lo andado,
para mirarnos a los ojos
por lo menos
una vez más en la vida
y arrancarnos (quién sabe?)
los flores que entretanto nos hubieran crecido para el otro
en el propio corazón.
Pero tú sabías que no vale la pena
tratar de ser felices a la vieja manera
Por eso es explicable que en tu cartera se encontraran
simples objetos de hombre que no le teme al olvido
(y desde aquella hora
la muerte no es para ni esa patria feroz
que nos aflige tanto con su ternura solitaria).
y que un 14 de abril te olvidaras de las citas y de las fechas humanas
y te marcharas conforme hacia el largo domingo sin barriletes ni pájaros,
la región que en los mapas más antiguos que existen
solía representarse con una ballena triste.
Distancia del amigo
Rosario Castellanos
En una tierra antigua de olivos y cipreses
ha fechado mi amigo su más reciente carta.
Lo imagino escribiendo, sentado en una roca
a la orilla del mar, tirando piedrecitas
sobre el lomo verduzco de las olas.
(Si estuviera en un parque tiraría
migas a los gorriones,
si en un estanque, Ledas a los cisnes.)
Lo imagino volviendo su rostro hacia el crepúsculo,
mordisqueando una brizna mientras piensa
que la vida es tan bella porque es corta.
(No es de los que invocan a la muerte.
Es de los que la hospedan, silenciosos,
en el sitio más hondo de su cuerpo.)
Se levanta después y camina despacio,
con las manos metidas en las bolsas
de un traje viejo y ancho.
Puede hervir a su lado la multitud. Mi amigo
está solo. Entre hombres embriagados
de dicha, entre mujeres ojerosas de duelo
lleva su soledad como una espada
desnuda y eficaz, radiante de amenazas.
Llega a su cuarto. Lo abre. Nadie espera.
Hay un olor oscuro,
pesado, de ventana estrangulada.
Igual que cuatro cirios metálicos relucen
las cuatro extremidades agudas de la cama.
Se ha desplomado en ella y una punta lo hiere.
¡Cómo sangra empapando las sábanas, tiñéndolas,
cómo se queda lívido y exangüe
mientras bajo su frente se incendian las almohadas!
La fecha de esta carta que estrujo es muy remota
—de un tiempo en el que el tiempo no existía—
y la ciudad de que habla se reclina
más allá de los mapas.
Mí amigo, sin embargo, está cercano.
Podría yo tocarlo si pudiera
tocar mi corazón recóndito y sellado.
Sabe compañera...
Elmer Menjívar
Sabe compañera
vencimos algo
no se si algo hecho de tiempo
o de geografía
pero eso ya no amenaza
se ha hecho complice en nuestro crimen
de querernos sin preguntar
al imposible
Sabe compañera
vivo de su sonrisa
y aprendo de la libertad de su lágrima
lo que me hace falta para sentirme hombre
Sabe compañera
aún hay abismos
y mucha lástima en mis espejos
aún la queja de la vida me acosa
y se hace dificil escribir mañanas
Sabe compañera
su mano es fe
y la pregunta cruel
un empujón hacia mi mismo
Compañera
conocí de la paz
cuando su mirada me dijo
que su sonrisa
ya está a salvo de mi sombra.
Poema XV
Pablo Neruda
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
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Pablo Neruda,
Para musas y poetas,
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SAYAM
jueves, 8 de marzo de 2012
Autorretrato
Soy una mujer como cualquier otra. Una mujer con ganas de reir y ganas de volar, pero a veces, como a cualquiera, se me olvida cómo y no me queda más que batir las alas para levantar el polvo que me detenga el paso.
Soy una mujer como cualquier otra. Me levanto en las mañanas creyendo que aún habito el mundo de los sueños. Me arreglo en el espejo creyéndome la reina y sin rivales como blancanieves, me salgo a la calle tirándole besos al sol, creyendo en las bondades de su abrazo, aunque por si acaso me pongo bloqueador. Y llego a casa, a veces cansada, quizá cuando el espejo también se cansó de ver, pero resurjo con la luna, me baño en ella y sueño nuevamente, sueños de mujer.
Soy una mujer como cualquier otra, en un día cualquiera. No me hace más ni menos tener un día especial para recordarme que soy mujer o contar con más palabras femeninas en el diccionario o disponer de asientos especiales para mi. Soy como cualquier otra y lo confieso, amo a los hombres, a los que han dejado huella en el lindero. Los amo, no por lindos, perfectos o por guapos sino porque con su manera de acercarse o alejarse, desde el padre hasta el amigo y por supuesto el amante, me han enseñado lo que no es ser mujer y entonces amo, amo nuevamente, amo ser mujer.
Autorretrato
Rosario Castellanos
Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.
Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.
Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)
Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.
Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
?aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio?. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.
Amigas… hmmm… a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehuyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.
Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.
Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.
Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.
Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.
Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.
Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.
Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.
En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.
Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.
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Alada,
Rosario Castellanos
domingo, 7 de agosto de 2011
Ajedrez
Un día volaste para ser más tú...
Un día volé para en realidad ser yo....
pero dejamos olvidado aquel nosotros...
Ajedrez
Porque éramos amigos y a ratos, nos
amábamos;
quizá para añadir otro interés
a los muchos que ya nos obligaban
decidimos jugar juegos de inteligencia.
Pusimos un tablero enfrente
equitativo en piezas, en valores,
en posibilidad de movimientos.
Aprendimos las reglas, les juramos respeto
y empezó la partida.
Henos aquí hace un siglo, sentados,
meditando encarnizadamente
como dar el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable y, para siempre, al otro.
Rosario Castellanos
Un día volé para en realidad ser yo....
pero dejamos olvidado aquel nosotros...
Ajedrez
Porque éramos amigos y a ratos, nos
amábamos;
quizá para añadir otro interés
a los muchos que ya nos obligaban
decidimos jugar juegos de inteligencia.
Pusimos un tablero enfrente
equitativo en piezas, en valores,
en posibilidad de movimientos.
Aprendimos las reglas, les juramos respeto
y empezó la partida.
Henos aquí hace un siglo, sentados,
meditando encarnizadamente
como dar el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable y, para siempre, al otro.
Rosario Castellanos
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Rosario Castellanos
miércoles, 25 de mayo de 2011
La regla de oro
Las mamás siempre andan diciendo lo que debemos y no debemos hacer, a veces esto pareciera en un principio un fastidio para cualquier mujer adolescente, una limitante para sentirnos creativas y andar haciendo por ahí lo que más nos complacería hacer. Lo cierto es que con el pasar del tiempo nos vamos dando cuenta no solo de que no sabríamos qué hacer sin ellas y sus consejos, sino que además su forma de hacer las cosas la hemos ido adoptando pacientemente y demostrándola en cualquier faceta de nuestra vida adulta, sobre todo cuando somos madres y nos encontramos con el hecho de que son nuestro mejor referente para poder ejercer ese papel tan difícil y para el que todavía no abren escuelas.
Mi mamá es así, le encanta como a toda mamá darme consejos; muchos los sigo, otros solo los asumo sin saberlo y se perfectamente que soy la mujer más parecida a ella en toda la faz de la tierra. Ella me dió una regla de oro: intentar todo lo que me da miedo, no dejarme vencer nunca y tratar de que nadie note si algo me daba pena. Creo que eso me ha ayudado mucho hasta la fecha, de alguna forma he llegado hasta donde estoy por ella y creo que el resultado ha sido bueno.
Hoy ella cumple años, casualmente en la misma fecha en que nació una de las mejores poetas. Es por eso que recuerdo a mi mamita con este lindo poema:
| He aquí la regla de oro, el secreto del orden:
Tener un sitio para cada cosa y tener cada cosa en su sitio. Así arreglé mi casa. Impecable anaquel el de los libros: Un apartado para las novelas, otro para el ensayo y la poesía en todo lo demás. Si abres una alacena huele a espliego y no confundirás los manteles de lino con los que se usan cotidianamente. Y hay también la vajilla de la gran ocasión y la otra que se usa, se rompe, se repone y nunca está completa. La ropa en su cajón correspondiente. Y los muebles guardando las distancias y la composición que los hace armoniosos. Naturalmente que la superficie (de lo que sea) está pulida y limpia. Y es también natural Que el polvo no se esconda en los rincones. Pero hay algunas cosas que provisionalmente coloqué aquí y allá o que eché en el lugar de los trebejos. Algunas cosas. Por ejemplo, un llanto que no se lloró nunca; una nostalgia de que me distraje, un dolor, un dolor del que se borró el nombre, un juramento no cumplido, un ansia. Que se desvaneció como el perfume de un frasco mal cerrado y retazos de tiempo perdido en cualquier parte. Esto me desazona. Siempre digo: mañana… y luego olvido. Y muestro a las visitas, orgullosa, una sala en la que resplandece la regla de oro que me dio mi madre. Rosario Castellanos ¡Feliz cumpleaños mamá!!!
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Habitantes de poesía,
Rosario Castellanos,
Tierra de infancia
viernes, 6 de mayo de 2011Rosario CastellanosMurió el mismo año en que yo nacía pero la conocí hace poco, por obra de la casualidad, de esa casualidad que me encanta cuando se me aparece y que no tiene nada que ver con el destino, solo con la magia de ser casualidad. Fue en una feria del libro cuando me acerqué a un stand y abrí su libro “Poesía no eres tú” y me encontré con ella, así sin más, con el alma escrita en versos sostenidos en ese momento por mis manos, con un poema que me mostró una parte de ella y también mía, muy interna, tal cual como lo haría un espejo si lo tuviera enfrente. Desde entonces fue fácil seguirla y hacer míos sus poemas. Rosario tiene en su escritura una abundante capacidad para mostrar su interior de una forma inteligente, elegante, de forma extremadamente femenina, no por eso menos sincera pero si dolorosa, irónica y bella. Para Rosario no fue fácil, enfrentó un mundo culturalmente diseñado por los hombres, estudió en una época en que lo más sencillo era buscarse un marido y criar al producto de su destino, a la razón de su saber ser mujer. Pero Rosario era con todo y muy bien plantada, una mujer, una “feminista” como se declaraba ella, en una época donde “feminismo” era conciencia del ser mujer y no la denigración del ser femenino para competir e intentar ser más que el hombre. Rosario se descubrió mujer y como tal, amó con locura pero se descubrió vulnerable. Nunca he creído en la reencarnación, pero lo cierto es que entre más conozco de ella más quisiera creer y saberla reencarnada en mi de alguna forma. No es así por supuesto, pero me identifico con Rosario y es que no es para menos, ambas nacimos en la misma ciudad pero vivimos muy lejos de esa urbe, crecimos al sur, en lugares verdes y perfumados, en tierras abundantes y ricas de elementos naturales y gente humilde, tierras parecidas y Mayas, aunque sean tierras de países diferentes. Ambas salimos a estudiar y nos trazamos un camino más allá de lo que estaba escrito. Ambas nos supimos mujeres y rescatamos, cada quien a su manera y sus recursos, la dignidad de serlo. Aquí les dejo un primer poema de Rosario. Seguramente compartiré otros más adelante: Nocturno Amigo, conversemos. desde hace ¿cuántos años?, desde el día en que a un tiempo rompimos la tiniebla y con vagido entramos en el reino del aire; desde que los mayores nos pusieron la sal sobre la lengua y nos soplaron al oído un nombre (no de amor, de destino), un nombre que repites todavía y que repito yo y repetiremos hasta el fin, hasta el fin, sin entenderlo hemos estado juntos. Espalda con espalda. El uno viendo nacer el sol y el otro posando su mejilla en el regazo materno de la noche. Atados mano contra mano y vueltos – forcejeando por irnos – uno hacia el sur, hacia el fragante verde y el otro a la hosquedad de los desiertos; desgarrados; sangrando yo con la herida tuya y tú quizá doliéndote de no tener ni siquiera una pequeña brizna e dolor que no sea también mía, hemos sido gemelos y enemigos. Nos partimos el mundo. Para ti ese fragmento oscuro del espejo en que sólo se ve la cara de la muerte; los hierros, las espinas del sacrificio, el vaso ritual y el cascabel violento de la danza.
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