martes, 31 de mayo de 2016

Las tristezas


Las tristezas son unas flores pequeñas, lisitas, con olor a tierra mojada. Las tristezas son flores moradas, tropicales, que se acompañan de grandes hojas verdes. Las tristezas jamás se encuentran solas en los jardines, quizá podrán verlas a veces, un poco dispersas a la orilla de la carretera, entre los rieles del tren o en el desierto, pero las tristezas son flores comunales que casi siempre caen y florecen donde hay otras, en los cementerios por ejemplo, en las laderas de los ríos, en los jardines de las viejas casas, en los lugares donde no tiene cabida el olvido. Las tristezas florecen donde suelen haber otras tristezas, esas otras que uno ha ido dejando plantadas por ahí.
 Alicia Salum

miércoles, 23 de marzo de 2016

Algo más, mucho más

Amábamos lo que éramos
raros, imprecisos, incomprensibles
voces de luz amarradas al teléfono
mezcla de espejo y cordón umbilical.
Hablar bajo
parirnos poesía
reir cómplices en el secreto
con los pies mojados en las arenas de un sueño
paraíso itinerante entre desierto y mar.
Hicimos nuestro el inventarnos frases
escribirnos cartas
retar cualquier regaño
querernos confesar.
Amábamos lo que fuimos
faroles
amparo
árboles robustos
líquido flamable
siempre algo más.
Amé lo que me hiciste
y en lo que te convertiste
el pañuelo en que cabía todo mi mundo
mi equinoccio personal de primavera
mi mejor grano de café
el poeta que más amó Dalí
mi escape predilecto al mundo de las maravillas
el conejo blanco pendiente del reloj
la Cuba  moral de mi Latinoamérica unida
la mitad de lo que uno ama de su país
el principito de mi propio asteroide.
Y fuimos más, mucho más, siempre algo más
nos enseñamos a querer y ser
cada quien lo que es
sin forzar el futuro que construía el otro
sin pedir nada o engañar
fuimos más
aprendimos a ser más
a amar sin esperar
a crecer sin detener
a agradecer porque nos supimos el hielo de Watanabe
que nos hicimos sol
y nos enseñamos también a ser guardián.
Amábamos lo que éramos
y amamos hoy  lo que cada uno somos
aunque parezcamos tan distintos a los de entonces.
Amamos de alguna manera
cada uno a su manera
ser algo más, mucho más
de lo que podíamos ser
al principio de todos los tiempos


EL GUARDIAN DEL HIELO

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo

                                José Watanabe

domingo, 8 de noviembre de 2015

Alborótame

Alborótame los sueños
péinalos y despéinalos a tu antojo
reinvéntame entre tus locuras
memorízame entre tus laberintos
y sin miedo a perder...
sumérgete en mis mares
en mis aguas profundas y fecundas
verás cómo el sol todavía las provoca
y los corales reinventan orgasmos de color
Alborótame  los miedos
descúbreme sin defensa alguna
esculpe mi rostro en tu cantera
revélate en todos mis espejos
hazme saber que estás aquí conmigo
a merced de la furia de  las olas
y del deseo prohibido
que funda éste nosotros

domingo, 18 de octubre de 2015

El día perfecto

El día perfecto para morir podría ser cualquiera
podría ser un día con sol, de esos en que las sombras casi no quieren acompañarlo a uno
y el calor es tan oportuno para irse aclimatando con el infierno.
Podría ser un día nublado, con nubes inquietas cargadas de angustia
urgidas por desplomarse sobre la acera
como ráfagas de agua metálica quemando la piel al contacto y ahogando citas sin compasión
Quizá el día perfecto sea cuando estés cerca
pero las miradas no  se crucen por culpa del semáforo
o cuando estés lejos y tu mente
conmigo no pueda distraerse
y tu risa sea un eco ajeno, perdido en el paisaje
cuando olvidarnos sea la única huella de lo que un día fue
Matamos lo que amamos dijo Rosario, y si...
Quizá el día perfecto para morir sea cuando nos percatemos que lo que se amó
estuvo siempre ahí parado en nuestra puerta
la que cerramos en un enojo y con orgullo
sin mirar hacia atrás y de un solo golpe
en nuestras narices.

domingo, 13 de septiembre de 2015

El pájaro canta

Por favor no digas nada
acurrúcate a mi lado y respira
El canto del pájaro de la vida anuncia la madrugada
No siempre conocer a alguien significa tener sobre ella cierta ventaja
A veces conocerla sólo da la certeza de que te tocará perder
pero bien vale perder por escuchar su canto
En su canto se anuncia solo
Se le oye cerca
casi en la ventana
pero está lejos.
No canta para tí
ni para nadie
El pájaro canta para el árbol
y para sí
para la nube
para el aire que lo trajo
y volverá a llevárselo lejos
El pájaro canta
No respires
no intentes retenerlo
que no sepa que lo oyes
o que lo sepa sin que te muevas
sin que esperes que cante o vuele para ti
Canta el  pájaro en la ventana
sueña, vuela, disfruta de su canto.
El mundo es su nido y la ventana
tan sólo una estación

viernes, 28 de agosto de 2015

Propuestas para un mañana que llega tarde

Podría decirte que me mires
             estoy cerca
tus ojos delinean la frontera

Podrías saber lo que digo y abrazarme
reconocerme adentro.
No necesitan mis labios murmurar
-Estoy aquí-

Sería fácil
          o casi fácil
                    tocarte
                               pero no

En la vida llega el tiempo
de no ser aunque se sea
de no arrugar el papel
aunque se rompa

sábado, 1 de agosto de 2015

Urgencias de madrugada

Déjame encender la veladora
para que queme tu recuerdo
poner encima de tu almohada
el cenicero lleno
la botella de whisky
déjame escribir a las tres de la mañana
cuando no encuentro tu rastro
y puedo confundir el espacio
que dejaste para mi
Déjame pensar, dudar
tronarme cada uno de los dedos
que me duelen poco, muy poco,
mucho menos que tú.
Déjame contaminar el aire
escribir como autómata
cerrar los ojos
ver el reloj
no buscar respuestas debajo de la cama
dejar de sonreir.
Déjame chocar con todo el universo
romper los cristales
desgarrar el cesped
desgranar las horas
arrancarme las uñas.
Déjame hacer todo
hasta que no quede nada 
en esta madrugada
nada tuyo por supuesto
pero sobre todo
que  no quede nada
ni la sombra

de lo que algún día fui.

domingo, 28 de junio de 2015

¿Qué se hace?

Qué se hace con el cariño que se derrama
con la fe con olas en marea alta
con tanta historia rellenando lunas
con la memoria que no agoniza
y con las cartas que no se mandan.
Qué se hace con las manos llenas
con este imposible abrazar nada
cuando se escucha sangre en las venas
sin represas para calmarla
Qué se hace con mariposas de alas pegadas
esperando en línea para volar
qué se hace con el amor sin puerto
sin ciudad, sin templo
sin mirador, hotel, calle
para vibrar
Qué se hace cuando se oculta el sol
y no se ve la luna por la ventana
Qué se hace cuando -la próxima vez-
es una aguja rota en el reloj
Qué se hace
dónde se pone
dónde descansa
dónde se guarda
todo el amor.
                           Alicia Salum

sábado, 20 de junio de 2015

Crónica de una espera

Uno, aún no siento nada. La última vez que la vi era una estrella de mar. Ha sido quizá una imagen fugaz pero no he podido olvidarla.  Dicen que falta todavía para que llegue pero yo no les creo porque es lo único en lo que pienso últimamente.

Dos. La primera vez que supe de su llegada  fue también extraño, primero lo supiste tú, yo todavía no me daba cuenta del néctar impropio y delator que acariciabas entre tus manos.  Me soltaste en el primer instante, me miraste con tus ojos verdes de manera tan profunda que alcancé a llorar. Entonces lo supe: Ni una palabra entre los dos, sólo un abrazo y ese silencio inmenso.  Poco a poco se oía la lluvia de la calle y luego el motor del auto. En la radio, la canción parecía el fondo perfecto para la ocasión "Va a nevar en Haití y hay bajo cero en Puerto Rico, no salga usted de ahí..." lo cierto es que no queríamos salir pero tampoco quedarnos, así que nos fuimos,  seguíamos en silencio y llorando. Tantos meses desde entonces,  ahorita lo que único que quiero es ir al baño.

Tres. Mis amigas se han ido ya, hace rato que prometían visitarme y al fin lo hicieron. Se les hizo de noche y no te vieron aunque realmente llegaste temprano. ¿Qué haremos si son las doce de la noche? Yo quería ir al cine ¿Recuerdas? Pero llegaste cansado y ahora sólo se me ocurre hacer el amor... "¿Estás loca?" Me dirías, y es tan cierto, yo con esta sensación prohibida de hacerte el amor y tan sólo puedo ir al baño ¿te despertaré? No lo creo, realmente te vi muy cansado.

Cuatro. Sigo esperando. Dormiré, quizá así se me olvide este dolor difuso, tenue y permanente que mi cuerpo poco a poco va notando. Dicen que aún está lejos para que llegue, pero creo que no. Pensar en su llegada me invade toda. Creo que tengo un poco más de temor que de ansiedad. ¿Hacer el amor? No, ya no. Con razón dicen que el placer del orgasmo, el cólico menstrual y el dolor de parto es una misma sensación que sólo cambia de intensidad.

Cinco. ¿Nos vamos? Esta comezón de tantos días me está matando. Ningún dolor en el cuerpo me desespera tanto como esta comezón, sentir que la piel no soporta ninguna especie de antifaz. Ahí viene, debemos irnos ya, una llamada antes de salir. Una llamada antes, para que llegue.

Seis. El auto, otra vez,  como aquella primera tarde en que avisó de su llegada,  también hoy está lloviendo pero es de noche, apenas las dos de la madrugada y no hay nadie. Y otra vez, así como cuando supe por primera vez de su llegada, no me apuran  tampoco ahora las preguntas, bienvenidas cada una de ellas, pues son  las respuestas que van surgiendo lo más fuerte, lo definitivo, lo que confirma que ya  no hay marcha atrás. Ahí viene otra vez, el reloj está en tu mano, necesito respirar  lenta y profundamente, como un suspiro largo con el que hable el cuerpo y diga y transmita que estoy en paz.

Siete, si. Siete dicen que tengo de dilatación, que por poco no llego, ni alcanzan a avisarle a nadie. ¿Que me siente? No. No quiero. Esta ansiedad solo se calma caminando. No quiero silla de ruedas, ni acostarme. Tampoco quiero que bromees, ni se te ocurra, porque si lo haces en este momento seguro te voy a insultar y ya sé que no te gusta que diga "come-mierda", por favor no vayas a bromear.
Ahí viene ese dolor ahora ya tan conocido, cinco minutos entre uno y otro y viene e invade y viene otra vez. "Cuidado señorita enfermera, cuidado usted también, como rompa alguna marca fresca de la varicela, la olvidará su dios".

Ocho. Todo está listo. Se me fija esa última imagen suya de estrellita marinera. La carita sonriente con que la imagino todavía me confunde. La vi así, por última vez antes de que viniera, a través de un sueño después de enterarme que a dos semanas de su nacimiento fui contagiada de varicela en la sala de espera del Seguro Social. Entonces la vi, mientras dormía, llena de brotecitos, todita granulada, flotando en el líquido amniótico como lo hace una estrella marina en el fondo del mar. Quizá lo único que quiero es que esa estrella tenga capacidad para regenerarse.

Nueve. Insisten con acostarme, que porque ya es hora y tengo nueve de dilatación. Pero ¿Cómo llegué a nueve si apenas hace quince minutos tenía siete?  Alistan la inyección que va directo a mi columna, el dolor de las contracciones es muy intenso pero tolerable. Los doctores discuten si me ponen poca anestesia que porque aguanto sin quejarme, o  si me ponen más.  De pronto se oye -"Ya viene, ya viene"- de la doctora y el pediatra aún no se asoma a la sala de expulsión.

Diez. "Puja" me dicen. Yo pujo una, dos, tres y un  "ya nació" se escucha de tu voz. En ese momento llega un pediatra y la recibe.  Es otro, no el mío, todo fue tan rápido que el que yo había invitado nunca llegó, no escuchó su beeper, dijo más tarde. Entonces la vi, le revisé la carita, los brazos y las piernas y vi que no, que no era una estrella sino una niña pequeña,  completa y sin varicela, me sumerjo en la más hermosa sensación.

Nació y con ella llegaron todos los miedos pero también las respuestas  como esa de si existe el amor incondicional.  Con su llegada, con su cuerpecito en mi pecho, supe que si, que si existe. Que no hay nada, que esa pequeñita y narizona niña pudiera llegar a hacer que me obligue a dejar de quererla. No importaría incluso que realmente hubiera nacido granulada, varicelienta, estrellita de mar.  El amor llegó y ésta vez llegó para siempre,  para decirme,  saberme,  sentirme,  eso que no me explico aún pero que me gusta a pesar de todo lo inexperta e imperfecta  que sigo siendo.  Llegó para sentirme, saberme, decirme,  mamá.



Una pequeña estrella asomando la cabeza a este mundo por primera vez.
Yo no lo sabía entonces pero pasaría de ser una estrella de mar a una pequeña hada.

martes, 19 de mayo de 2015

Daltónica - visitante

Las visitas no siempre llegan en persona. Los regalos no siempre traen un moño azul. Las visitas que llegan a Poesía siempre vienen cargadas de sorpresas y claro, cómo no,  si llegan a Poesía, la poesía no puede faltar, como hoy, que a propósito de la publicación de mi último post  homenaje a Roque Dalton, una de mis más grandes amigas de la vida y del mundo, me mandó un poema canción exquisito escrito para Roque por Daniel Viglietti.

Así, mi amiga que me hizo leer por primera vez Las venas abiertas de América Latina de Galeano, esa amiga que está hoy en la otra punta del hemisferio, me sigue y acompaña a todos lados. Yo también la acompaño desde siempre, desde ayer, desde aquel lenguaje inventado en la pared compartida por nuestras casas de la infancia, en aquellos tiempos de balaceras y bombazos y desde aquella cama común hecha de asfalto e iluminada por la luz desangrada de la luna por culpa del terremoto cuando ambas vivíamos y crecíamos en San Salvador. Hoy, muy lejos de nuestras fiestas de cumpleaños, graduación o fines de año, llenas de risa y de baile y de familia, la familia que nos hicimos sus hermanos y mis hermanas sin compartir una sola gota de sangre, quizá porque nuestra sangre común se hizo de risa, regalándonos con ella la alegría que recorre nuestro cuerpo desde entonces

Gracias Ana por pasar, por leer y estar tantas veces, tantas horas, tantos años, siempre aquí, uniendo tres países que se aman aunque quizá, por cuestión de geografía, pareciera que nunca llegan a tocarse pero se tocan y se hermanan, como hoy:

DALTÓNICA

(A Roque Dalton)
Pulgarcito de poeta
que se escapa y me cosquilla,
tan alegre, tan sin silla,
tan de amores torrenciales,
tan sin fin.
Alegría de una tierra
que se quita las fronteras,
se desnuda las caderas,
las volcánicas centrales
de una luz.
Yo lo vi,
yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.
El año treinta y dos
él no vivía y yo lo vi
contando sus historias
de futuro, iba entre mil.
Yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.
Pobrecitos los poetas,
bendiciones son daltones,
donde hay huesos ven marrones
territorios prometidos
como un sol.
Tan bracito su poesía,
se levanta en los sensuales
laberintos marsupiales
y reparte polen rojo,
se abre en flor.
Yo lo vi,
yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.
Era el año dos mil,
ya él no vivía y yo lo vi.
La muerte equivocada lo llevó
y él anda aquí;
y yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.
Pulgarcito de poeta
que se escapa y me cosquilla,
tan alegre, tan sin silla,
tan de amores torrenciales,
tan sin fin.
Crece armado de esperanza,
desentierra lo perdido,
le hace un hijo de sonido
al silencio de ese pueblo
que es maestro de sus sueños.
Que se escapa y nos cosquilla,
tan sin miedo, tan sin silla,
tan amado, tan armado,
tan de todos, Salvador.
                          Daniel Viglietti